Moby Dick

Moby Dick

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Este chorro de medianoche casi se había convertido en algo olvidado, cuando unos días después, ¡hete aquí!, a la misma silenciosa hora fue anunciado de nuevo: de nuevo fue avistado por todos, pero, al largar vela para alcanzarlo, una vez más desapareció, como si nunca hubiera existido. Y así nos asistió noche tras noche, hasta que nadie le atendió salvo para asombrarse de él. Misteriosamente lanzado a la clara luz de la luna, o de las estrellas, según fuera el caso; desapareciendo de nuevo durante un día entero, o dos días, o tres; y en algún modo semejando en cada distinta repetición estar avanzando más y más en nuestra vanguardia, este solitario surtidor daba la impresión de seducirnos siempre.

Tampoco, dada la inmemorial superstición de su linaje, y de acuerdo con la preternaturalidad de que aparentemente estaba investido el Pequod en muchas cosas, faltaban algunos de entre los marineros que juraran que dondequiera y cuandoquiera que se le avistaba, en cualquier época remota, o cualquier apartada latitud y longitud, ese inaproximable chorro era lanzado por una misma ballena; y esa ballena era Moby Dick. Durante cierto tiempo imperó también una impresión de especial pavor ante esta fugaz aparición, como si traicioneramente nos estuviera haciendo señas una y otra vez, para que el monstruo pudiera girar sobre nosotros, y desgarrarnos finalmente en los más remotos y salvajes mares.


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