Moby Dick
Moby Dick »Dejando finalmente la bomba junto al resto de su brigada, el lagonero fue hacia proa jadeando y se sentó en el molinete; su cara roja como el fuego, sus ojos inyectados de sangre, y enjugándose el profuso sudor de la frente. Ahora, caballeros, cuál sería el pérfido demonio que poseyó a Radney para que se metiera con ese hombre en tal exasperado estado corporal, yo no lo sé; mas así ocurrió. Recorriendo insufriblemente la cubierta, el oficial le ordenó que cogiera una escoba y que barriera las planchas, y también que tomara una pala y retirara ciertas ofensivas sustancias resultantes de haber permitido que un cerdo deambulara sin control.