Moby Dick

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—¡Ya veo! ¡Ya veo! —exclamó impetuosamente don Pedro, derramando su chicha sobre sus volantes plateados—. ¡No es necesario viajar! El mundo entero es una Lima. Hasta ahora había creído que en vuestro moderado norte los habitantes eran fríos y santos como las colinas… Mas la historia…

—Me había quedado, caballeros, en donde el lagonero zarandeaba la burda. Apenas lo hizo así, cuando fue rodeado por los tres oficiales más jóvenes y los cuatro arponeros, que le rodearon entre todos en cubierta. Pero deslizándose por las cuerdas como letales cometas, los dos canalleros se lanzaron al alboroto y trataron de sacar de él a su hombre hacia el castillo. Otros de los marineros se unieron a ellos en esta tentativa, y se produjo una enzarzada pelea; mientras, permaneciendo lejos del posible daño, el valiente capitán se oreaba arriba y abajo con una pica ballenera, llamando a sus oficiales a sojuzgar a ese bárbaro bellaco, y a traerle en seguida hasta el alcázar. A intervalos se acercaba a la rotante orilla del desorden y, metiendo la pica en el corazón del mismo, trataba de pescar el objeto de su animosidad. Pero Steelkilt y sus compinches eran demasiado para todos ellos: lograron alcanzar la cubierta del castillo, donde, haciendo rodar apresuradamente tres o cuatro grandes toneles en hilera con el molinete, estos parisinos de mar se atrincheraron tras la barricada.


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