Moby Dick
Moby Dick »Creyendo el asesinato servido, y husmeando en la oscuridad la sangre, el capitán y todos sus oficiales y arponeros armados se apresuraron al castillo. A los pocos minutos se había abierto el escotillón, y el cabecilla, atado de pies y manos, aún luchando, fue propulsado al aire por sus pérfidos aliados, que inmediatamente reclamaron el honor de haber apresado a un hombre que había estado resuelto al asesinato. Pero los tres fueron engrillados, y arrastrados por la cubierta como ganado muerto; y uno junto al otro fueron atados a la jarcia de mesana, como tres canales de carne, y allí colgaron hasta por la mañana. “¡Malditos seáis!”, gritaba el capitán, yendo de un lado a otro ante ellos. “¡Ni los buitres os tocarían, villanos!”
»A la salida del sol llamó a toda la tripulación; y separando a los que se habían rebelado de los que no habían tomado parte en el motín, dijo a los primeros que era de la opinión de azotarlos a todos ellos… pensaba, teniéndolo todo en cuenta, que lo haría… que debería hacerlo… que la justicia lo requería; pero que, por el momento, considerando su oportuna rendición, les dejaría marchar con una reprimenda, que él, consecuentemente, administraba mediante esas simples palabras.