Moby Dick

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De nuevo, también en países montañosos, donde el viajero está continuamente rodeado por anfiteátricas alturas, desde algún afortunado punto de vista captaréis aquí y allá fugaces vislumbres de los perfiles de ballenas definidos a lo largo de las ondulantes crestas. Pero para ver estas vistas debéis ser un ballenero de cuerpo entero; y no sólo eso, sino que, si deseáis regresar de nuevo a ellas, debéis cercioraros de anotar la exacta intersección de longitud y latitud de vuestro inicial punto de vista, pues si no —así de fortuitas son esas observaciones de las colinas— vuestro preciso punto de vista inicial requerirá un laborioso redescubrimiento; como las islas Salomón, que aún siguen incógnitas, aunque en una ocasión el engolado Mendanna las recorriera y el viejo Figueroa las reseñara.

Tampoco, al encontraros expansivamente enaltecido por vuestro tema, dejaréis de delinear grandes ballenas en los cielos estrellados, y lanchas en su persecución; lo mismo que cuando, repletas de ideas de guerra desde tiempo atrás, las naciones orientales veían entre las nubes ejércitos enzarzados en batallas. Así, en el norte he perseguido yo al leviatán una y otra vez alrededor del polo con las revoluciones de los puntos brillantes que en primer lugar le definieron para mí. Y, bajo los refulgentes cielos antárticos, he subido a bordo de Argo Navis, y me he incorporado al acoso de la estrellada Cetus mucho más allá de la más lejana extensión de Hydra y los peces voladores.


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