Moby Dick
Moby Dick —¡Acércala… acércala! —gritó ahora al remero de proa, al relajar su furia la desfalleciente ballena—. ¡Acercadla… lindante! —y la lancha se alineó con el flanco del pez.
Entonces, inclinándose muy por delante de la proa, Stubb introdujo su larga lanza afilada removiéndola lentamente en el pez, y allà la mantuvo, removiendo y removiendo cuidadosamente, como si buscara con cautela para tratar de encontrar al tacto algún reloj de oro que la ballena pudiera haberse tragado, y que tuviera miedo de romper antes de poder pescarlo. Mas ese reloj de oro que buscaba era la vida más interna del pez. Y ahora habÃa sido hallada; pues, saliendo de su trance a ese inexpresable hecho llamado su «aluvión», el monstruo, horriblemente rebozado en su sangre, se recubrió con una impenetrable, caótica e hirviente rociada, de manera que la comprometida nave, dejándose caer instantáneamente a popa, tuvo que esforzarse ciegamente para zafarse de ese frenético anochecer y salir hacia el claro aire del dÃa.
Y abatiendo ahora en su aluvión, la ballena volteó una vez más, saliendo a la vista; surgiendo de lado a lado, dilatando y contrayendo espasmódicamente su orificio-surtidor con agudas, restallantes y agonizantes respiraciones. Finalmente, borbotones tras borbotones de roja sangre coagulada, como si fueran los purpúreos sedimentos del vino tinto, salieron disparados al trémulo aire y, volviendo a caer, se desparramaron, goteando por su flancos abajo hasta el mar. ¡Su corazón habÃa reventado!