Moby Dick
Moby Dick Aunque al supervisar la persecución de esta ballena el capitán Ajab había exteriorizado su habitual oficio, por así decirlo, no obstante, ahora que la criatura estaba muerta, cierta vaga insatisfacción, o impaciencia, o desesperación, parecía obrar en él; como si la visión de ese cuerpo muerto le recordara que aún había que aniquilar a Moby Dick; y aunque otras mil ballenas fueran acarreadas a su barco, todo ello no haría avanzar ni un ápice su grandioso monomaníaco objetivo. Muy poco después, por los sonidos en las cubiertas del Pequod, habríais pensado que toda la tripulación estaba preparándose para soltar el ancla en profundidad; pues pesadas cadenas estaban siendo arrastradas a lo largo de la cubierta, y lanzadas haciendo ruido por las portas. Mas con esos ruidosos eslabones iba a ser atracado el propio enorme cadáver, no el barco. Atada por la cabeza a la popa, y por la cola a la proa, la ballena yacía ahora con su negro casco cerca del navío, y a través de la oscuridad de la noche, que oscurecía las perchas y la jarcia en lo alto, los dos… el barco y la ballena, parecían ungidos juntos, como colosales bueyes, uno de los cuales se reclina mientras el otro permanece en pie.