Moby Dick
Moby Dick Si el taciturno Ajab era ahora todo quiescencia, al menos por lo que se podÃa saber en cubierta, Stubb, su segundo oficial, eufórico de conquista, mostraba una inusual, aunque también bienhumorada, excitación. En tal desacostumbrado bullir estaba, que el sobrio Starbuck, su oficial superior, pacÃficamente le cedió temporalmente la dirección de las tareas. Pronto se harÃa extrañamente manifiesta una pequeña causa que contribuÃa a toda esta animación de Stubb. Stubb era un sibarita; era inmoderadamente entusiasta de la ballena como suculenta sustancia para su paladar.
—¡Un filete, un filete antes de dormir! ¡Tú, Daggoo!, ¡por la borda que vas, y me cortas uno de su renga!
Sépase aquà que aunque estos salvajes pescadores, por regla general, y de acuerdo con la gran máxima militar, no hacen que el enemigo sufrague los gastos corrientes de la guerra (al menos antes de hacer contante lo obtenido durante la expedición), sin embargo, de vez en cuando se encuentra a algún nativo de Nantucket que en verdad disfruta esa parte particular del cachalote designada por Stubb, que abarca la parte final del cuerpo que se estrecha.