Moby Dick

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A pesar de que en mitad de todo el humeante horror y demonismo de un combate naval, como perros hambrientos alrededor de una mesa en donde se está trinchando carne roja, se ven tiburones observando anhelantemente las cubiertas de los barcos, dispuestos a engullir a todo hombre muerto que les sea arrojado; y a pesar de que mientras los valerosos carniceros, sobre la mesa-cubierta, están así caníbalmente trinchándose unos a otros la carne viva con cuchillos de carnicero todo dorados y adornados de borlas, los tiburones, también, con sus bocas provistas de enjoyadas empuñaduras, están pendencieramente trinchando la carne muerta bajo la mesa; y aunque, si volvierais todo el asunto del revés, sería más o menos lo mismo, es decir, un asunto harto espeluznantemente escualo para todos los implicados; y aunque los tiburones también son los invariables escoltas de todos los barcos negreros que cruzan el Atlántico, trotando sistemáticamente a su lado para estar a disposición en caso de que haya que llevar algún paquete a algún sitio, o algún esclavo muerto a que sea enterrado decentemente; y aunque podrían establecerse una o dos circunstancias adicionales semejantes, en referencia a los términos, lugares y ocasiones establecidos en los que los tiburones muy socialmente se congregan, y muy hilarantemente se dan un festín, no hay, no obstante, momento u ocasión concebible en la que los encontraréis en tan incontable número, y en estado de ánimo más alegre o jovial, que alrededor de un cachalote muerto amarrado por la noche a un barco ballenero en alta mar. Si nunca habéis visto esa imagen, postergad vuestra decisión sobre la corrección del culto al Diablo, y la conveniencia de aplacar al Demonio.


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