Moby Dick

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El hecho es que, al menos entre sus cazadores, la ballena sería considerada un plato distinguido por todos los tripulantes si no lo hubiera en tanta abundancia; pues sucede que cuando te sientas ante un pastel de carne de casi cien pies de largo, se te quita el apetito. Sólo los tripulantes más libres de prejuicios, como Stubb, se alimentan hoy de la ballena cocinada; pero los esquimales no son tan remilgados. Todos sabemos que viven de las ballenas, que poseen escogidas añejas cosechas de aceite de tren de primera calidad. Zogranda, uno de sus más famosos doctores, recomienda tiras de lardo para los lactantes, por ser extremadamente jugosas y nutrientes. Y esto me recuerda que unos ingleses que hace tiempo fueron accidentalmente abandonados por un navío ballenero en Groenlandia… que estos hombres vivieron, de hecho, durante varios meses de los mugrientos restos de ballenas que habían sido abandonados en tierra tras refinar el lardo. Entre los balleneros holandeses estos restos se llaman «buñuelos»; a los cuales, efectivamente, se semejan grandemente, al ser marrones y crujientes, y al oler cuando están frescos a algo similar a las roscas o fritos de las viejas amas de casa de Ámsterdam. Tienen un aspecto tan alimenticio que el más abstinente de los extraños apenas puede contener su mano.




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