Moby Dick

Moby Dick

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La pared opuesta de este zaguán estaba completamente cubierta con una impía exhibición de monstruosas mazas y lanzas. Algunas estaban repletas de relucientes dientes que semejaban sierras de marfil; otras, ornadas con mechones de cabello humano; y una tenía forma de hoz, con un inmenso mango, abriéndose en rededor como el segmento hecho en la hierba recién segada por un segador de largos brazos. Te estremecías al mirar, y te preguntabas qué monstruoso caníbal y salvaje pudo alguna vez haber ido a recolectar muerte con semejante horrendo implemento de trocear. Mezclados con ellos, había antiguos oxidados arpones y picas de la pesca de la ballena, todo deteriorados y deformados. Algunas eran armas afamadas. Con esta lanza antaño enhiesta, ahora brutalmente doblada, hace cincuenta años Nathan Swain mató quince ballenas entre un amanecer y un ocaso. Y ese arpón —ahora tan parecido a un sacacorchos— fue arrojado en los mares de Java, y llevado en su huida por una ballena, muerta años después en aguas del cabo de Blanco. El hierro original entró cerca de la cola, y como una aguja inquieta albergada en el cuerpo de un hombre, recorrió cuarenta pies completos, y finalmente fue encontrado embutido en la joroba.





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