Moby Dick
Moby Dick Cruzando este sombrÃo zaguán, y atravesando aquel pasadizo de baja bóveda —abierto a través de lo que en viejos tiempos debió haber sido una gran chimenea central con hogares todo alrededor— entras al salón público. Aún más sombrÃo lugar es éste, con unas vigas tan pesadas arriba, y unas tablas tan viejas y ajadas abajo, que casi te imaginarÃas andar por la caseta de un viejo navÃo, en especial en noche tan aullante, en la que esta vieja arca anclada en la esquina se balanceaba de manera tan furiosa. A un lado habÃa una mesa larga, baja, a modo de estante, cubierta con cajas de cristal rajado, llenas de polvorientas rarezas recogidas en los rincones más remotos de este ancho mundo. Surgiendo del ángulo más alejado de la estancia habÃa un cubil de oscura apariencia —el bar—, burdo bosquejo de la cabeza de una ballena franca. Sea como fuere, ahà estaba el inmenso hueso arqueado de la mandÃbula de la ballena, tan ancho que una diligencia casi podrÃa pasar bajo él. Dentro habÃa baldas en mal estado, ocupadas de uno a otro lado con antiguos decantadores, botellas y frascos; y dentro de esas mandÃbulas de rauda destrucción, como otro maldito Jonás (por cuyo nombre, efectivamente, le llamaban), se afanaba un viejecillo reseco, que a cambio de su dinero amablemente vendÃa a los marineros delirios y muerte.