Moby Dick

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—¿No podéis leerla? —gritó Ajab—. Dádmela, señor. Sí, sí, apenas es un desvaído garabatear… ¿Qué es esto?

Mientras la estaba estudiando, Starbuck cogió una larga pértiga de zapa de descarnar, y con su navaja abrió levemente un extremo para insertar allí la carta, y de esa manera pasársela a la lancha sin que se aproximara más cerca del barco.

Entretanto, Ajab, sujetando la carta, murmuraba:

—Señor Harr… Sí, señor Harry… (letra puntiaguda de mujer… apuesto que es la esposa del tipo)… Sí… Señor Harry Macey, barco Jeroboán; ¡vaya, es Macey, y está muerto!

—¡Pobre hombre!, ¡pobre hombre! ¡Y de su mujer! —suspiró Mayhew—; pero dádmela.

—No, guardadla vos —le gritó Gabriel a Ajab—, vos vais pronto a seguir ese camino.

—¡Que las maldiciones os estrangulen! —tronó Ajab—. Capitán Mayhew, disponeos ahora a recibirla —y tomando la fatal misiva de las manos de Starbuck, la sujetó en el corte de la percha y la extendió hacia la lancha.


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