Moby Dick

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Originalmente había sido criado en la demente sociedad de los shakers de Neskyeuna, donde había sido un gran profeta; en sus trastornadas reuniones secretas había descendido varias veces desde el Cielo a través de una trampilla, anunciando la inminente apertura del séptimo tarro, que él portaba en el bolsillo del chaleco; y que en lugar de contener pólvora se sospechaba que estaba lleno de láudano. Habiéndole acometido un extraño apostólico desvarío, había abandonado Neskyeuna camino de Nantucket, donde, con esa astucia tan peculiar de la locura, asumió una sólida apariencia de sentido común, y se ofreció como candidato a tripulante novato para la expedición ballenera del Jeroboán. Lo admitieron; pero enseguida, cuando el barco perdió de vista la tierra, su demencia reventó en forma de avalancha. Proclamó ser el arcángel Gabriel y ordenó al capitán saltar por la borda. Publicó su manifiesto, por el cual se proclamaba libertador de las islas del mar y vicario general de toda la Oceánica. La inquebrantable seriedad con la que declaró estas cosas… el oscuro y comprometido juego de su insomne imaginación excitada, y todos los preternaturales terrores del auténtico delirio, se juntaron para investir a este Gabriel con un aura de sacralidad en las mentes de la mayor parte de la ignorante tripulación. Más aún, estaban asustados de él. Como, sin embargo, un hombre así no era de mucha utilidad en el barco, dado especialmente que se negaba a trabajar excepto cuando se le antojaba, el incrédulo capitán gustosamente se habría librado de él; mas, informado de que la intención de esta persona era desembarcarle en el primer puerto conveniente, el arcángel inmediatamente abrió todos sus sellos y sus tarros… consagrando el barco y a todos los tripulantes a la incondicional perdición, en caso de que esta intención se llevara a cabo. Con tal fuerza se trabajó a sus discípulos de la tripulación, que finalmente fueron como un solo hombre al capitán, y le dijeron que si Gabriel era sacado del barco, ni uno de ellos se quedaría. Por lo que aquél se vio obligado a renunciar a su plan. Y tampoco permitirían que Gabriel fuera en modo alguno maltratado, dijera o hiciera lo que fuese; de manera que sucedió que Gabriel se hizo con absoluta libertad en el barco. La consecuencia de todo ello fue que el arcángel en nada o apenas nada se ocupaba del capitán y de los oficiales; y que desde que había brotado la epidemia, gozaba de mayor ascendiente que nunca, al declarar que la plaga, tal como él la llamaba, estaba bajo su única autoridad; y que no se aplacaría sino según su capricho. Los marineros, pobres diablos la mayoría, se acobardaban, y algunos le adulaban; ofreciéndole a veces, en obediencia a sus instrucciones, personal homenaje, como a un dios. Tales cosas pueden parecer increíbles; pero, por muy fantásticas que sean, son ciertas. Y la historia de los fanáticos no es ni la mitad de impresionante por lo que atañe al inconmensurable autoengaño del propio fanático, sino por el inconmensurable poder de engañar y corromper a tantos otros. Mas es hora de volver al Pequod.


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