Moby Dick

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—¡Que las maldiciones os estrangulen! —tronó Ajab—. Capitán Mayhew, disponeos ahora a recibirla —y tomando la fatal misiva de las manos de Starbuck, la sujetó en el corte de la percha y la extendió hacia la lancha.

Pero, al hacerlo, los remeros, expectantes, dejaron de remar; la lancha cayó un poco hacia la popa del barco; de manera que, como por arte de magia, la carta de pronto se situó junto a la ávida mano de Gabriel. La atrapó en un instante, agarró el cuchillo de la lancha y, empalando la carta en él, lo envió así cargado de nuevo al barco. Cayó a los pies de Ajab. Entonces Gabriel gritó a sus camaradas avante con sus remos, y de esa manera la amotinada lancha se separó rápidamente del Pequod.

Cuando tras este interludio los marineros retomaron su trabajo con el envoltorio de la ballena, muchas cosas extrañas se insinuaron sobre este singular asunto.






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