Moby Dick

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De cualquier manera, bien puede creerse que dado que tienen puesto tan hambriento dedo en la tarta, se considera bastante juicioso estar muy atento a ellos. Consecuentemente, aparte del cabo de mono con el que yo de vez en cuando apartaba al pobre hombre de una vecindad demasiado próxima a la mandíbula de lo que parecía un tiburón particularmente feroz… él gozaba de aún otra protección. Suspendidos sobre la borda en una de las plataformas, Tashtego y Daggoo blandían continuamente sobre su cabeza un par de afiladas zapas balleneras, con las cuales sacrificaban tantos tiburones como podían alcanzar. Este procedimiento suyo era, por su parte, evidentemente muy desinteresado y benevolente. Le deseaban a Queequeg la mayor felicidad, lo admito; pero en su precipitado celo por asistirle, y dada la circunstancia de que ambos, él y los tiburones, estaban a veces medio ocultos por el agua encenagada de sangre, esas indiscretas zapas suyas se acercaban más a amputar una pierna que una cola. Mas el pobre Queequeg, supongo, esforzándose y jadeando allí con ese gran gancho de hierro… el pobre Queequeg, supongo, sólo rezaba a su Yojo, y ponía su vida en manos de sus dioses.





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