Moby Dick
Moby Dick Bien, bien, querido camarada y hermano gemelo, pensaba yo, mientras tiraba del cabo y después lo soltaba con cada oscilación del mar… de cualquier manera, ¿qué importa? ¿No eres tú la preciada imagen de todos y cada uno de nosotros, hombres de este mundo ballenero? Ese insondado océano en el que jadeas es la vida; esos tiburones, tus enemigos; esas zapas, tus amigos; y entre tiburones y zapas, estás metido en un peligroso berenjenal, pobre amigo.
Pero ¡ánimo, Queequeg!, hay un fuerte aplauso esperándote. Pues ahora, mientras con labios azules y ojos inyectados de sangre el exhausto salvaje finalmente trepa por las cadenas y sube a la borda todo él goteando, y temblando sin querer, el mozo avanza, y con una benevolente y confortante mirada le ofrece… ¿qué? ¿Un poco de coñac caliente? ¡No!, le ofrece, ¡vos, dioses!, ¡le ofrece una taza de tibia agua de jengibre!
—¿Jengibre? ¿Huelo a jengibre? —preguntó Stubb, acercándose recelosamente—. Sí, esto debe ser jengibre —mirando en la todavía no catada taza.
Quedándose en pie unos instantes, como incrédulo, se encaminó con calma hacia el asombrado mozo, diciendo lentamente: