Moby Dick

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Entretanto, halaron más y más de sus estachas, hasta que, flanqueándola por ambos lados, Stubb contestó a Flask con lanza por lanza; y así siguió la batalla una y otra vez alrededor del Pequod, mientras las multitudes de tiburones que antes habían nadado alrededor del cuerpo del cachalote se lanzaron a la sangre fresca que se derramaba, bebiendo sedientos con cada nueva herida, como los ansiosos israelitas hicieron en las nuevas y súbitas fuentes que brotaban de la roca golpeada.

Finalmente su chorro se espesó, y con terrible voltear y regurgitar se giró sobre su lomo, cadáver.

Mientras los dos patrones estaban ocupados atando cabos a sus palmas, y disponiendo la masa para remolcarla mediante otros procederes, se dio algo de conversación entre ellos.

—Me pregunto qué es lo que quiere el viejo de este pedazo de maloliente grasa —dijo Stubb, no sin cierto disgusto ante la idea de tener que ocuparse de tan innoble leviatán.

—¿Qué quiere de él? —dijo Flask, enroscando un poco de estacha suelta en la proa de la lancha—, ¿nunca escuchaste que el barco que por una sola vez tiene la cabeza de un cachalote izada al costado de estribor, y al mismo tiempo la cabeza de una ballena franca al de babor… nunca escuchaste, Stubb, que ese barco a partir de entonces, nunca puede volcar?

—¿Por qué no?


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