Moby Dick

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—¡Vaya, vaya, mozo —gritó Stubb—, te enseñaremos a drogar a un arponero! Nada, aquí, de tu medicina de farmacia; quieres envenenarnos, ¿eh? Has contratado pólizas de todas nuestras vidas y quieres asesinarnos y embolsarte los beneficios, ¿eh?

—No fui yo —gritó Dough-Boy—, fue la tía Charity la que trajo el jengibre a bordo; y la que me pidió que no diera nada de alcohol a los arponeros, sino sólo este zumillo de jengibre… así lo llamó.

—¡Zumillo de jengibre! ¡Pillo de jengibre eres tú! ¡Toma esto!, y vete corriendo a las alacenas, y tráete algo mejor. Espero no cometer ningún error, señor Starbuck. Son las órdenes del capitán… grog para el arponero en la ballena.

—Basta —replicó Starbuck—, y no le volváis a pegar, aunque…

—Oh, yo nunca hago daño cuando pego, excepto cuando le pego a una ballena o algo de ese calibre; y este tipo es una comadreja. ¿Qué es lo que estaba diciendo, señor?

—Sólo esto: id abajo con él, y coged vos mismo lo que deseabais.

Cuando Stubb reapareció, volvió con un frasco oscuro en una mano y una especie de lata de té en la otra. El primero contenía un licor fuerte, y fue entregado a Queequeg; el segundo era el regalo de la tía Charity, y ése fue generosamente entregado a las olas.


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