Moby Dick

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—No lo sé, pero así se lo oí decir a ese fantasma gutabambo de Fedallah, y parece saberlo todo sobre hechicerías de barcos. Aunque a veces pienso que al final hechizará el barco para algo nada bueno. No me gusta ese tipo ni una pizca, Stubb. ¿No te has fijado nunca, Stubb, que ese colmillo suyo está tallado como formando una cabeza de serpiente?

—¡Que se vaya a pique! Nunca jamás le miro; pero si alguna vez tengo la oportunidad de una noche oscura, y que él esté junto a la amurada, y nadie cerca; mira allá abajo, Flask —señalando al mar con un peculiar movimiento de ambas manos—. ¡Sí, lo haré! Flask, tengo a Fedallah por el Diablo disfrazado. ¿Te crees tú esa patraña de que fue ocultado a bordo del barco? Es el Diablo, digo yo. La razón por la que no ves su rabo es porque lo esconde; lo lleva enrollado en su bolsillo, supongo. ¡Maldito sea! Ahora que lo pienso, siempre está queriendo estopa para meter en las puntas de sus botas.

—Duerme con sus botas puestas, ¿no? No tiene coy; pero le he visto tumbarse por las noches en un rollo de jarcia.

—Sin duda, y es a causa de su maldito rabo; ¿no lo ves?, lo enrosca en el ojo de la jarcia.

—¿Por qué tiene el viejo tanto trato con él?

—Es un trueque, o un pacto, supongo.

—¿Un pacto?… ¿sobre qué?


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