Moby Dick

Moby Dick

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¿No es curioso que un ser tan enorme como la ballena vea el mundo a través de un ojo tan pequeño, y escuche el trueno a través de un oído que es más pequeño que el de la liebre? Mas si sus ojos fueran grandes como las lentes del gran telescopio de Herschel; y sus oídos tan capaces como los vestíbulos de las catedrales, ¿la haría eso de visión más lejana, o más aguda de escucha? En absoluto. ¿Por qué, entonces, tratáis de «engrandecer» vuestra mente? Hacedla más sutil.

Empleando las palancas y máquinas de vapor que tengamos a mano, volquemos ahora la cabeza del cachalote, de manera que descanse boca arriba; entonces, ascendiendo por una escalera hasta la cumbre, echemos una ojeada al interior de la boca; y de no ser porque ahora el cuerpo está completamente separado de ella, con una linterna podríamos descender por esa gran gruta Mammoth de Kentucky de su estómago. Mas sujetémonos aquí en su diente, y observemos dónde estamos. Verdaderamente, ¡qué boca tan bonita, y de qué apariencia tan casta! Forrada, o más bien empapelada, desde el suelo hasta el techo, con una reluciente membrana blanca, brillante como el satén nupcial.




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