Moby Dick
Moby Dick —Asà me pareció. De acuerdo; siéntate. ¿Cena?… ¿Quieres cenar? La cena estará lista enseguida.
Me senté en un viejo banco de madera, todo él tallado como un banco del Battery. En un extremo un pensativo marinero curtido estaba adornándolo todavÃa más con su navaja, inclinándose y trabajándolo diligentemente en el espacio entre sus piernas. Estaba tanteando su destreza con un barco a toda vela, pero no avanzaba mucho, me pareció.
Finalmente, unos cuatro o cinco de nosotros fuimos requeridos a nuestro condumio en una estancia adyacente. Estaba tan frÃa como Islandia… sin lumbre alguna… El posadero dijo que no podÃa permitÃrselo. Nada excepto dos velas de sebo, cada una envuelta en un sudario. Nos apresuramos a abrocharnos nuestras cazadoras, y a llevar a nuestros labios, con dedos congelados, tazones de abrasador té. Pero el condumio era de lo más sustancial… No sólo carne y patatas, sino también dumplings, ¡cielos! ¡Dumplings para cenar! Un joven de levitón verde se aplicó a estos dumplings de la más angustiada manera.
—Muchacho —dijo el posadero—, de mortal necesidad que vas a tener pesadillas.
—Posadero —susurré—, ése no es el arponero, ¿no?