Moby Dick
Moby Dick —En el nombre del Cielo, marinero —gritó Stubb—, ¿es que estás retacando ahà un cartucho?… ¡Detente! ¿Cómo vas a ayudarle hincando ese cubo ceñido de hierro encima de su cabeza? ¡Detente, digo!
—¡Apartaos del aparejo! —gritó una voz como el estampido de un cohete.
Casi en el mismo instante, con un estruendo de trueno, la enorme masa cayó al mar en mitad del remolino, como la mesa de piedra del Niágara; el casco, repentinamente suelto, bandeó en dirección opuesta hasta muy abajo en su brillante cobre; y todos mantuvieron la respiración, mientras medio oscilando… ahora sobre las cabezas de los marineros, ahora sobre el agua… Daggoo, a través de una espesa niebla de espuma, fue borrosamente visto aferrándose a los pendulares aparejos, al mismo tiempo que el pobre Tashtego, enterrado vivo, se hundÃa sin remedio hasta el fondo del mar. Mas apenas se habÃa aclarado el cegador vapor, cuando durante un fugaz instante fue vista planeando sobre la amurada una figura desnuda con una espada de abordaje en la mano. Al instante siguiente un ruidoso chapuzón anunció que mi valiente Queequeg se habÃa zambullido al rescate. Se produjo una cerrada carrera a la banda, y cada ojo contaba cada onda, mientras los momentos transcurrÃan uno a uno, y no se veÃa signo ni del hundido, ni del buceador. Algunos tripulantes saltaron ahora a una lancha junto al costado, y se alejaron un poco del barco.