Moby Dick
Moby Dick —¡Ja!, ¡ja! —gritó Daggoo de pronto, desde su ahora calmada percha oscilante por encima.
Y mirando más lejos desde el costado, vimos un brazo surgir erguido entre las olas azules; una visión extraña de ver, como el surgir de un brazo entre la hierba de una tumba.
—¡Los dos!, ¡los dos!… ¡Son los dos! —gritó de nuevo Daggoo con grito de júbilo.
Y poco después fue visto Queequeg batiendo resueltamente con una mano, y cogiendo con la otra el largo pelo del indio. Izados a la lancha que esperaba, fueron traÃdos con gran rapidez a cubierta; aunque Tashtego tardó en volver en sÃ, y Queequeg no parecÃa muy fresco.