Moby Dick

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Ahora bien, la gente del Pequod llevaba cierto tiempo achicando de esta manera; varias cubetas se habían llenado con el fragrante esperma de ballena, cuando de pronto ocurrió un extraño accidente. Ya fuera que Tashtego, ese indio salvaje, se mostrara tan descuidado e inatento como para soltar durante un instante su agarre de una mano a los grandes aparejos que sostenían la cabeza; o que el propio Maligno, sin estipular sus particulares razones, hubiera hecho que así ocurriera, exactamente cómo fue no hay ya manera de saberlo; pero repentinamente, mientras el decimoctavo o decimonoveno cubo emergía succionando… ¡Dios mío!, pobre Tashtego… como el cubo gemelo y recíproco de un pozo común, cayó de cabeza en este gran tonel de Heidelburgh, ¡y con un horrible borboteo aceitoso, desapareció totalmente de vista!

—¡Hombre al agua! —gritó Daggoo, que en medio de la consternación general recobró primero el sentido—. ¡Balancead el cubo hacia aquí! —y poniendo un pie en él, para así asegurar mejor su resbaladizo agarre con la mano en el propio amante, los izadores le subieron a la cofa del calcés casi antes de que Tashtego pudiera haber alcanzado el fondo interior.




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