Moby Dick

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Mientras tanto se producía un terrible tumulto. Mirando por el costado, vieron la antes inanimada cabeza latiendo y jadeando justo bajo la superficie del mar, como si en ese momento se le hubiera ocurrido una idea memorable; aunque sólo era el pobre indio, que inconscientemente revelaba mediante esos esfuerzos la peligrosa profundidad a la que se había hundido.

En ese instante, mientras Daggoo, en la parte alta de la cabeza, estaba desenmarañando el amante —que de alguna manera se había enredado con los grandes aparejos de descarnar—, se escuchó un agudo crujido; y ante el inefable horror de todos, uno de los dos formidables ganchos que sostenían la cabeza se soltó, y con una enorme vibración la enorme masa osciló a un lado, hasta que el embriagado barco se bamboleó y tembló como si hubiera sido golpeado por un iceberg. El gancho que quedaba, del que ahora pendía toda la tensión, parecía a punto de ceder de un momento a otro; un suceso aún más probable a causa de los violentos movimientos de la cabeza.

—¡Baja, baja! —le chillaron los marineros a Daggoo.




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