Moby Dick
Moby Dick En el pensamiento, una hermosa frente humana es como el oriente al ser alterado por la mañana. En el reposo de los pastos, la ensortijada frente del toro tiene en sí un toque de grandeza. Empujando pesados cañones por desfiladeros de montaña, la frente del elefante es mayestática. Humana o animal, la mística frente es como ese sello dorado adherido por los emperadores germanos a sus decretos. Significa… «Dios: hecho este día por mi mano». Mas en la mayoría de las criaturas, y también en el propio hombre, la frente muy a menudo es sólo una mera franja de tierra alpina que se extiende junto a la línea de la nieve. Pocas son las frentes que como la de Shakespeare o la de Melancthon, se alzan tanto, y tanto descienden, que los propios ojos parecen lagos de montaña, claros, eternos y plácidos; y por encima de ellos, en las arrugas de la frente, pareces seguir el rastro de los astados pensamientos que allí descienden a beber, como los cazadores de las tierras altas siguen el rastro de las huellas del alce en la nieve. Pero en el gran cachalote esta elevada y poderosa dignidad de dioses inherente a la frente está tan inmensamente amplificada, que observando en ella, en esa vista directamente frontal, sentís con más fuerza la deidad y las pavorosas potencias que observando cualquier otro objeto de la naturaleza viviente. Pues no veis ningún punto exacto con precisión; ningún rasgo distinto se distingue: no hay nariz, ni ojos, ni orejas, ni boca; no hay cara; no la tiene, propiamente dicha; nada excepto ese amplio firmamento de frente, plisado de arrugas; que silenciosamente desciende con la perdición de las lanchas, y los barcos, y los hombres. Y tampoco de perfil disminuye esta portentosa frente; aunque vista desde esa perspectiva, su grandeza no domina tanto sobre ti. De perfil, claramente percibís esa depresión horizontal, un poco en forma de media luna, que en el hombre, según Lavater, es la marca del genio.