Moby Dick
Moby Dick Yo observé, no obstante, que uno de ellos se mantenía un tanto apartado, y a pesar de que parecía solícito a no malograr la hilaridad de sus camaradas de barco mediante su sobrio semblante, aun así por lo general evitaba hacer tanto ruido como el resto. Este hombre me interesó al momento; y como los dioses del mar habían ordenado que pronto se convirtiera en mi compañero de tripulación (aunque, en lo que a esta narrativa concierne, sólo un compañero encubierto), me aventuraré aquí a una pequeña descripción suya. Alzaba seis pies cabales, con nobles hombros, y un pecho como una encajonada. Rara vez he visto tal musculatura en un hombre. Su rostro estaba profundamente curtido y tostado, haciendo que sus blancos dientes deslumbraran por contraste; mientras que en las profundas sombras de sus ojos flotaban ciertas reminiscencias que no parecían proporcionarle una gran alegría. Su voz anunciaba inmediatamente que era sureño, y por su buena estatura pensé que debía de ser uno de esos altos montañeses de la sierra Alleganian, en Virginia. Cuando la juerga de sus compañeros había alcanzado su punto culminante, este hombre se deslizó fuera inadvertido, y no le volví a ver hasta que se convirtió en mi camarada en el mar. A los pocos minutos, sin embargo, fue echado de menos por sus compañeros de tripulación, y siendo por alguna razón enormemente apreciado entre ellos, alzaron el grito de «¡Bulkington! ¡Bulkington! ¿Dónde está Bulkington?» y salieron disparados de la casa en su persecución.