Moby Dick

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En el mismo centro de esta rápida estela, y muchas brazas por detrás, nadaba un enorme viejo garañón chepudo, que por su comparativamente lento avance, así como por las inusuales incrustaciones amarillentas que le cubrían, parecía aquejado de ictericia, o de alguna otra enfermedad. Era cuestionable que esta ballena perteneciera al hato de delante; pues no es costumbre que tales venerables leviatanes sean sociables en modo alguno. Sin embargo, se mantenía en la estela, aunque de hecho el agua de aflujo debía retardarle, pues el hueso blanco, o rompiente, de su ancho morro era salpicado como el rompiente que se forma cuando se encuentran dos corrientes hostiles. Su chorrear era corto, lento y laborioso; salía con una especie de borbotón atragantado, y se consumía en jirones rotos, seguidos de extrañas conmociones subterráneas en su interior, que parecían tener egresión en su otra extremidad oculta, haciendo que las aguas tras él burbujearan.

—¿Quién tiene un poco de paregórico? —dijo Stubb—, me temo que tiene dolor de estómago. ¡Dios, pensad en tener medio acre de dolor de estómago! Vientos adversos están celebrando una demente Navidad en él, muchachos. Es el primer viento contrario[101] que jamás vi que soplara desde popa; pero mirad, ¿alguna vez una ballena dio esos bandazos? Debe de ser que ha perdido el timón.


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