Moby Dick

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Tomé entonces la medida del banco y descubrí que era un pie demasiado corto; aunque eso se podía arreglar con una silla. Pero era un pie demasiado estrecho, y el otro banco de la estancia era unas cuatro pulgadas más alto que el cepillado… así que no había manera de emparejarlos. Coloqué entonces el primer banco a lo largo del único sitio libre junto a la pared, dejando un poco de espacio en medio para que mi espalda se aposentara en él. Pero pronto descubrí que allí me llegaba tal corriente de aire frío desde debajo del antepecho de la ventana que este plan jamás, en modo alguno, daría resultado, en especial porque otra corriente que provenía de la desvencijada puerta se reunía con la de la ventana, y ambas formaban una serie de pequeños remolinos en la inmediata vecindad del punto donde yo había pensado pasar la noche.

Que el Diablo se lleve a ese arponero, pensé, pero un momento, ¿no podría yo aprovecharme de su ausencia… cerrar la puerta con candado desde dentro, y meterme en la cama y que no me despertaran ni los más violentos golpes? No parecía mala idea; pero al volver a pensarlo la deseché. Pues quién podría saber si a la mañana siguiente, tan pronto como asomara de la habitación, no estaría en la puerta el arponero, ¡dispuesto a aporrearme!


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