Moby Dick

Moby Dick

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Mientras la ballena, ciega y sorda, se internaba, como para librarse por la pura potencia de la velocidad de la sanguijuela de hierro que se había adherido a ella; mientras nosotros así rasgábamos un blanco jirón en el mar, amenazados desde todas partes al avanzar por las trastornadas criaturas que pasaban de un lado a otro junto a nosotros, nuestra asediada lancha era como un barco acosado por islotes de hielo en una tempestad, y esforzándose por abrirse paso a través de sus complicados canales y estrechos, sin saber en qué momento pueda quedar apresado y machacado.

Mas, no intimidado ni un ápice, Queequeg nos guio valientemente; desviándose ahora de este monstruo atravesado directamente delante de nuestra ruta; pasando rozando ahora a ese cuyas colosales palmas estaban suspendidas por encima de nosotros, mientras Starbuck permanecía siempre en pie en la proa, lanza en mano, ahuyentando de nuestro camino las ballenas que con lanzamientos cortos podía alcanzar, pues no había tiempo para hacerlos largos. Tampoco los remeros estaban muy ociosos, aunque su habitual tarea había quedado totalmente de lado. En especial se ocupaban de la parte vociferante del asunto.

—¡Fuera del camino, comodoro! —gritó uno a un gran dromedario que repentinamente emergió a la superficie de cuerpo entero, y durante un instante amenazó con anegarnos.


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