Moby Dick

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—¡Estacha!, ¡estacha! —gritó Queequeg, mirando sobre la borda—, ¡él preso!, ¡él preso!… ¿Quién estacha él? ¿Quién alcanzado?… ¡Dos ballenas; una grande, una pequeña!

—¿Qué os pasa, marinero? —gritó Starbuck.

—Mirar-i aquí —dijo Queequeg señalando hacia abajo.

Como cuando la ballena alcanzada, que ha desenrollado cientos de brazas de cabo de la cubeta; como cuando tras sumergirse en las profundidades, vuelve a emerger, y muestra la estacha suelta que se riza y surge flotando, enroscándose hacia la superficie; así ahora Starbuck vio grandes bucles del cordón umbilical de madame Leviatán, por el que el joven cachorro parecía estar todavía ligado a su progenitora. No en pocas ocasiones, en las veloces vicisitudes del acoso, esta estacha natural, con el extremo maternal suelto, se enreda con la de cáñamo, de manera que el cachorro queda atrapado por esta causa. Parecía que algunos de los más sutiles secretos de los mares nos habían sido revelados en esta charca encantada. Vimos jóvenes amores leviatánicos en la profundidad.


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