Moby Dick

Moby Dick

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Mas muy por debajo de este maravilloso mundo sobre la superficie, otro mundo aún más extraño se abría a nuestros ojos cuando observábamos por encima de la borda. Pues, suspendidas en esas bóvedas acuáticas, flotaban las siluetas de las amas de cría de las ballenas, y las de aquellas que por su enorme cintura parecían prontas a ser madres. El lago, como he apuntado, era extremadamente transparente hasta una profundidad considerable; y lo mismo que los bebés humanos, mientras maman, miran calmada y fijamente en dirección distinta de la del pecho, como si llevaran en ese momento dos vidas diferentes; e incluso mientras reciben nutrición material, espiritualmente estén todavía dándose un festín a base de algún recuerdo ultraterrenal… de igual modo los pequeños de estas ballenas parecían mirar arriba, hacia nosotros, aunque no a nosotros, como si no fuéramos nada más que un poco de sargazo en su visión de recién nacidos. Flotando sobre sus costados, las madres también parecían observarnos plácidamente. Uno de estos pequeños infantes, que por ciertos peculiares rasgos apenas parecía tener un día de edad, podría haber medido unos catorce pies de longitud, y unos seis pies de circunferencia. Era un poco juguetón; aunque por ahora su cuerpo apenas parecía haberse aún recobrado de esa molesta postura que tan recientemente había mantenido en la barjuleta materna; en donde, cola contra cabeza, y dispuesta para el salto final, la ballena nonata descansa doblada como el arco de un tártaro. Las delicadas aletas laterales, y las palmas de su cola, todavía retenían fresca la plisada y arrugada apariencia de las orejas de un bebé recién llegado de foráneas regiones.


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