Moby Dick
Moby Dick Ahora bien, incluyendo los ocasionales amplios espacios entre los círculos giratorios exteriores, e incluyendo los espacios entre los distintos hatos en cada uno de esos círculos, el área completa de esta congregación, abarcada por la entera multitud, debía sumar al menos dos o tres millas cuadradas. En cualquier caso —aunque de hecho, semejante prueba en tal momento podría resultar engañosa—, desde la escasa altura de nuestra lancha podían discernirse chorros que parecían saltar en el borde del horizonte. Menciono esta circunstancia porque, al igual que si las hembras y las crías hubieran sido deliberadamente encerradas en este pliegue más interior; y al igual que si la amplia extensión de la manada hubiera hasta el momento evitado que conociesen la precisa causa de su detención; o, posiblemente, por ser tan jóvenes, bisoñas, y en todo modo inocentes e inexpertas; como quiera que pudiera haber sido, estas ballenas más pequeñas —que de vez en cuando visitaban calmadamente nuestra lancha desde las márgenes del lago— manifestaban una portentosa temeridad y confianza, o tal vez un pánico quieto, hechizado, del que era imposible no maravillarse. Como perros domésticos venían a olisquear a nuestro alrededor, hasta nuestras mismas bordas, tocándolas incluso; al punto que casi parecía que algún embrujo las había repentinamente domesticado. Queequeg las daba palmaditas en sus frentes; Starbuck les rascaba el lomo con su lanza; aunque, temeroso de las consecuencias, se contenía por el momento de lanzarla.