Moby Dick
Moby Dick El terrorÃfico objeto pareció sacar a la entera manada de su estacionario estremecimiento. Primero, las ballenas que formaban la margen de nuestro lago empezaron a juntarse un poco y a revolverse unas contra las otras, como si fueran alzadas por olas lejanas medio exhaustas; entonces el propio lago comenzó a elevarse y abultarse; las cámaras nupciales y guarderÃas submarinas desaparecieron; en órbitas que cada vez se contraÃan más, las ballenas de los cÃrculos más cercanos al centro comenzaron a nadar en grupos que se espesaban. SÃ, la prolongada calma estaba alejándose. Pronto se escuchó un grave zumbar de marcha; y entonces, como las tumultuosas masas de bloques de hielo cuando el gran rÃo Hudson se derrite en primavera, la horda entera de ballenas vino volteando hacia su centro más interior, como si fueran a apilarse en una montaña común. Instantáneamente Starbuck y Queequeg cambiaron de lugar, ocupando Starbuck la popa.
—¡Remos! ¡Remos! —susurró con intensidad, tomando el timón—. ¡Aferraos a vuestro remo y agarraos el alma firmemente ahora! ¡Dios mÃo, marineros, preparados! ¡Apártala, tú Queequeg… esa ballena de allÃ!… ¡PÃnchala!… ¡Dale! En pie… ¡En pie, y quedad asÃ! Empujad, marineros… bogad; no os preocupéis de sus lomos… ¡Raspadlos!… ¡Raspad!