Moby Dick

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—Ahí está —dijo el posadero, colocando la vela en un antiguo y estrambótico arcón de barco que hacía la doble función de lavabo y mesa de centro—, ahí; ahora ponte cómodo, y que pases buena noche —me volví tras observar la cama, pero él había desaparecido.

Abriendo la colcha, me incliné sobre la cama. Aunque no fuera de las más elegantes, soportó, no obstante, el escrutinio tolerablemente bien. Eché entonces un vistazo por la habitación; y aparte del bastidor del somier y de la mesa de centro, no pude ver otro mobiliario propio del lugar excepto una tosca estantería, las cuatro paredes, y una pantalla de chimenea empapelada que representaba a un hombre atacando a una ballena. De cosas que no pertenecían propiamente a la habitación, había un coy recogido y tirado en el suelo, en una esquina; también un gran saco de marino, que contenía, sin duda, la indumentaria del arponero, haciendo la vez de un baúl de tierra firme. Del mismo modo, había una serie de extraños anzuelos de hueso de pez en la repisa de la chimenea, y un largo arpón junto a la cabecera de la cama.





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