Moby Dick

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—Paga con regularidad —fue la réplica—. Pero vamos, se está haciendo horriblemente tarde, sería mejor que sumergieras palmas… Es una buena cama: Sal y yo dormimos en esa misma cama la noche en que nos ayustamos. Hay cantidad de espacio para que dos pateen en esa cama; es una cama enormemente grande, ésa. Fíjate, antes de que la dejáramos, Sal solía poner a los pies a nuestro Sam y a nuestro pequeño Johnny. Pero una noche me dio por soñar y estirarme y, sin saber cómo, Sam se cayó al suelo, y estuvo a punto de romperse el brazo. Después de eso Sal dijo que no era posible. Ven por aquí, te daré una bujía en un periquete.

Y así diciendo encendió una vela y la extendió hacia mí, brindándose a guiar el camino. Pero yo quedé quieto, indeciso; hasta que él, mirando el reloj de la esquina, exclamó:

—Voto que es domingo… No verás a ese arponero esta noche; ha echado el ancla por algún sitio… Vamos allá entonces; ven, ¿no quieres venir?

Consideré el asunto un instante, y entonces, escaleras arriba subimos, y fui acompañado hasta un pequeño cuarto, frío como una almeja, y amueblado, efectivamente, con una prodigiosa cama, de hecho casi lo bastante grande para que durmieran cualesquiera cuatro arponeros, uno al lado del otro.


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