Moby Dick

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—Vaya —dijo el posadero, respirando prolongadamente—, eso es lo que yo llamo un sermón bien largo para un tipo que apenas le da a la lengua de vez en cuando. Pero ten calma, ten calma, este arponero del que te he estado hablando acaba de llegar desde los Mares del Sur, donde compró un montón de cabezas embalsamadas de Nueva Zelanda (gran curiosidad, ya sabes), y ha vendido todas menos una, y ésa la está tratando de vender esta noche, porque mañana es domingo, y no sería apropiado ir vendiendo cabezas humanas por las calles cuando la gente está acudiendo a las iglesias. Quiso hacerlo el último domingo, pero yo le detuve justo cuando estaba saliendo por la puerta con cuatro cabezas colgadas de una cuerda, que parecían talmente una ristra de cebollas.

Esta explicación aclaró el en otra forma inexplicable misterio y mostró que el posadero, a pesar de todo, no había tenido intención de burlarse de mí… Pero, al mismo tiempo, ¿qué podía yo pensar de un arponero que una noche de sábado se quedaba fuera de seguido hasta el santo día del Señor, ocupado en un negocio tan caníbal como el de vender cabezas de idólatras muertos?

—Fíese, posadero, ese arponero es un hombre peligroso.


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