Moby Dick

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Escuchados debidamente estos alegatos, y las réplicas, el muy docto juez se pronunció en los siguientes irrebatibles términos, a saber: que en lo referente a la lancha, la otorgaba a los demandantes, pues solamente la habían abandonado para salvar sus vidas; pero que en cuanto a la controvertida ballena, arpones y estacha, pertenecían a los demandados; la ballena porque era un pez suelto en el momento de su captura final; y los arpones y la estacha, porque cuando el pez había huido con ellos, éste (el pez) adquiría la propiedad sobre esos artículos; y, por tanto, cualquiera que posteriormente atrapara el pez, tenía derecho a ellos. Ahora, los demandados habían atrapado el pez posteriormente, ergo los artículos previamente mencionados eran suyos.

Un hombre común que observara esta decisión del muy docto juez podría, quizá, protestarla. Pero excavados hasta la roca primigenia del asunto los dos grandes principios establecidos en las leyes balleneras gemelas previamente citadas, y aplicadas y elucidadas por Lord Ellenborough en el caso relatado anteriormente, estas dos leyes referentes a los peces presos y los peces sueltos, digo, tras reflexión, se encontrará que son el fundamento de toda jurisprudencia humana; pues a pesar de su complicada tracería de talla, el templo de la ley, como el templo de los filisteos, sólo tiene dos soportes en los que sostenerse.


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