Moby Dick
Moby Dick Me senté al borde de la cama, y empecé a pensar en este arponero vendedor de cabezas y su felpudo. Después de pensar un rato al borde de la cama, me levanté y me quité la cazadora, y me quedé entonces pensando, de pie, en medio de la habitación. Me quité luego mi chaqueta, y en mangas de camisa pensé un poco más. Pero al empezar a sentirme ya muy frío, medio desvestido como estaba, y recordando lo que el posadero había dicho sobre la segura ausencia del arponero aquella noche, al ser ya verdaderamente tan tarde, no le di más vueltas, me despojé de mis pantalones y mis botas y, apagando la luz de la vela, me derrumbé en la cama y me encomendé al cuidado del Cielo.
Si aquel colchón estaba relleno de panochas de maíz o de loza rota no hay forma de saberlo, pero yo di vueltas en abundancia, y no pude dormir durante largo rato. Finalmente caí en un ligero letargo, y ya casi había zarpado hacia la tierra de Sopor, cuando escuché un pesado pisotón en el pasillo y vi un reflejo de luz entrar en la habitación por debajo de la puerta.