Moby Dick

Moby Dick

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Que el Señor me salve, pensé, éste debe ser el arponero, el infernal vendedor de cabezas. Pero me quedé tumbado, totalmente quieto, y decidí no decir palabra hasta que se dirigieran a mí. El extraño entró en la habitación llevando una vela en una mano y la cabeza aquella de Nueva Zelanda en la otra y, sin mirar hacia la cama, colocó bien lejos de mí su vela, en una esquina del suelo, y entonces se puso a deshacer las cuerdas anudadas de la gran bolsa que antes mencioné se encontraba en la habitación. Yo estaba ansioso por ver su rostro, pero él lo mantuvo vuelto durante cierto tiempo, mientras estuvo ocupado en desatar la boca de la bolsa. Sin embargo, una vez logrado esto, se volvió… y entonces, ¡santo Cielo!, ¡qué visión! ¡Qué semblante! Era de un purpúreo color amarillo oscuro, marcado aquí y allá con grandes cuadrados de negruzca apariencia. Sí, era exactamente lo que había pensado, era un terrible compañero de cama; había estado en una pelea, le habían cortado horriblemente, y aquí estaba, recién llegado del cirujano. Pero en ese momento dio en girar la cabeza hacia la luz de tal manera que vi claramente que esos cuadrados negros de sus mejillas en modo alguno podían ser apósitos. Eran manchas de alguna clase. Inicialmente no supe qué pensar sobre aquello; aunque pronto me vino una presuposición de la verdad. Recordé una historia de un hombre blanco —pescador de ballenas también— que, habiendo caído entre caníbales, había sido tatuado por ellos. Llegué a la conclusión de que este arponero, en el curso de sus distantes expediciones, se había topado con una aventura similar. Y al fin y al cabo, pensé yo, ¡qué! Sólo es su exterior; un hombre puede ser honesto en cualquier clase de piel. Mas, entonces, ¿qué hacer de su aterrenal epidermis, quiero decir, de esa parte de ella que había alrededor, completamente ajena a los cuadrados del tatuaje? Podría ser, seguramente, que no fuera otra cosa que una buena capa de bronceado tropical; aunque nunca escuché que un cálido sol bronceara a un hombre blanco volviéndolo amarillo púrpura. No obstante, yo nunca había estado en los Mares del Sur; y quizás allí el sol producía estos extraordinarios efectos sobre la piel. Ahora bien, mientras todas estas ideas pasaban a través de mí como el rayo, este arponero no se percataba de mí en modo alguno. Y habiendo abierto su bolsa tras ciertas dificultades, comenzó a hurgar en ella, y pronto sacó una especie de tomahawk, y una cartera de piel de foca con pelo. Colocándolos sobre el antiguo arcón de en medio de la habitación, tomó entonces la cabeza de Nueva Zelanda —un objeto suficientemente espeluznante— y la embutió en la bolsa. Después se quitó el sombrero —un sombrero de castor nuevo—, momento en que casi me puse a chillar por la nueva sorpresa. No había pelo en su cabeza —por lo menos no del que se pudiera hablar—, nada excepto un pequeño mechón de cabellera retorcido en su frente. Su calva cabeza purpúrea parecía ahora enteramente un cráneo mohoso. Si el extraño no hubiera estado entre la puerta y yo, me habría precipitado a ella más rápido de lo que nunca me he precipitado sobre una cena.


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