Moby Dick

Moby Dick

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Pero no había tiempo para estremecerse, pues ahora el salvaje se puso a hacer algo que captó toda mi atención, y que me convenció de que, efectivamente, debía ser un pagano. Dirigiéndose a su pesado grego, o sobretodo, o tabardo, que previamente había colgado en una silla, hurgó en los bolsillos y finalmente sacó una pequeña, curiosa y deformada imagen, con una chepa en la espalda y exactamente del color de un bebé congoleño de tres días. Recordando la cabeza embalsamada, en un principio casi creí que el maniquí negro era un niño auténtico, preservado de similar manera. Pero viendo que no era en absoluto flexible, y que brillaba de manera muy semejante al ébano pulido, llegué a la conclusión de que no debía de ser otra cosa que un ídolo de madera, lo que en efecto resultó ser. Pues ahora el salvaje iba hasta la chimenea vacía, y retirando la pantalla empapelada, situaba, como si fuera un bolo, la pequeña imagen jorobada entre los morillos. Los lienzos de la chimenea y todos los ladrillos del interior estaban llenos de hollín, de modo que pensé que este hogar componía un pequeño oratorio o capilla muy apropiado para este ídolo congoleño.





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