Moby Dick
Moby Dick Todos estos extraños procedimientos incrementaron mi incomodidad, y observándole ahora mostrar rotundos sÃntomas de concluir las operaciones de su quehacer, y de saltar a la cama conmigo, pensé que era el momento, ahora o nunca, antes de que se apagara la luz, de romper el hechizo en el que tanto tiempo habÃa estado atrapado.
Pero el intervalo que perdà en deliberar qué decir fue fatal. Tomando su tomahawk de la mesa, examinó la parte superior durante un instante, y acercándolo entonces a la candela, con su boca en el mango, fumó formando grandes nubes de humo de tabaco. Al momento siguiente la luz se extinguió, y este salvaje canÃbal, con el tomahawk entre sus dientes, se metió en la cama conmigo. Chillé, no lo pude evitar ya; y soltando un brusco gruñido de asombro, él empezó a tantearme.
Tartamudeando algo, no supe qué, me aparté de él contra la pared, y entonces le conjuré, fuera quien quiera o lo que quiera que pudiera ser, a que se quedara quieto, y que me dejara levantarme y volver a encender la lámpara. Pero sus respuestas guturales me convencieron al momento de que apenas comprendÃa lo que yo querÃa decir.
—¿Quién-i diabli tú? —dijo finalmente—. Tú no habla-i, maldito-i, yo mato-i.
Y asà diciendo, el tomahawk prendido, empezó a hacer florituras cerca de mà en la oscuridad.