Moby Dick
Moby Dick —¡Posadero, por amor de Dios, Peter Coffin! —grité yo—. ¡Posadero! ¡Guardia! ¡Coffin! ¡Ángeles! ¡Salvadme!
—¡Habla-i!, dice-ii mí quién-ii ser, o maldito-mí, ¡yo mato-i! —gruñó de nuevo el caníbal, mientras sus horribles florituras de tomahawk esparcían las calientes cenizas del tabaco a mi alrededor, a tal punto que pensé que las sábanas iban a incendiarse.
Pero, gracias al Cielo, en ese momento el posadero entró en la habitación candela en mano y, saltando de la cama, corrí hacia él.
—Bueno, no te asustes —dijo, volviendo a sonreír—. Aquí, Queequeg no le haría daño ni a un pelo de tu cabeza.
—Deje de sonreír —grité yo—, y ¿por qué no me dijo que ese infernal arponero era un caníbal?
—Creí que lo sabías; ¿no te dije que estaba vendiendo cabezas por la ciudad?… Pero sumerge palmas otra vez y ponte a dormir. Queequeg, escucha… tu sabi mí, yo sabi tú… este hombre duermi tú… ¿sabi tú?
—Mi sabi mucho —gruñó Queequeg, fumando en su pipa y sentándose en la cama—. Tú entra-i —añadió, haciéndome una indicación con su tomahawk y echando a un lado la ropa.