Moby Dick

Moby Dick

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Cuando estoy entre estos poderosos esqueletos, estos cráneos, colmillos, mandíbulas, costillas y vértebras de leviatán, caracterizados todos por semejanzas parciales a las razas de monstruos del mar existentes; aunque teniendo al mismo tiempo, por otra parte, afinidades similares a los aniquilados leviatanes anteriores a las crónicas, sus indatables antepasados, me veo trasladado por una corriente a ese portentoso periodo, antes de que el propio tiempo pueda decirse que hubiera comenzado; pues el tiempo comenzó con el hombre. Aquí el caos gris de Saturno rueda sobre mí, y alcanzo veladas y temblorosas visiones fugaces de esas eternidades polares, cuando bastiones de hielo en forma de cuña presionaban sobre lo que ahora son los trópicos; y en todas las 25.000 millas de la circunferencia de este mundo no era visible un palmo de tierra habitable. Entonces el mundo entero era de la ballena; y, reina de la creación, dejaba su estela por las líneas actuales de los Andes y los Himalayas. ¿Quién puede esgrimir un pedigrí como el del leviatán? El arpón de Ajab había derramado sangre más antigua que la de los faraones. Matusalén parece un escolar. Me doy la vuelta para estrechar la mano de Sem. Me siento horrorizado ante esta antemosaica, ilocalizada en su origen, existencia de los indecibles terrores de la ballena, que habiendo sido antes de todo tiempo, deben necesariamente existir después de que hayan finalizado todas las eras humanas.


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