Moby Dick
Moby Dick Tampoco en aquel momento habÃa dejado de entrar en su monomanÃaco intelecto que toda la angustia de aquel sufrimiento entonces presente no era sino la directa consecuencia de una anterior desgracia; y parecÃa ver con total claridad que lo mismo que el más venenoso reptil de la ciénaga perpetúa su estirpe de manera tan inevitable como el dulce cantor de la arboleda, asÃ, al igual sucede con toda dicha, que todos los sucesos miserables engendran de modo natural sus análogos. SÃ, más que al igual, pensaba Ajab; pues tanto el atavismo como la posteridad de la desdicha van más allá que el atavismo y la posteridad del gozo. Y sin sugerir esto: que es inferencia de ciertas enseñanzas canónicas que de algunos naturales deleites de aquà no nacerán hijos para el otro mundo, sino que, por el contrario, serán seguidos del infértil regocijo de toda la desesperación del Infierno; en tanto que algunas culpables miserias mortales aún engendrarán fértilmente de sà mismas una eternamente progresiva progenie de desdichas más allá de la tumba; sin sugerir esto en modo alguno, aún parece haber una desigualdad en el análisis más profundo de la cuestión. Pues, pensaba Ajab, mientras que incluso las más altas dichas terrenales siempre poseen una cierta insignificante mezquindad oculta en ellas, y todas las desgracias del corazón, por el contrario, poseen en el fondo una significación mÃstica, y, en algunos hombres, una arcangélica grandeza; de igual modo la diligente indagación de su linaje dejar traslucir la obvia deducción. Rastrear las genealogÃas de estas excelsas miserias mortales nos transporta finalmente entre las primogenituras de los dioses carentes de manantiales primigenios; de manera que a pesar de todos los gratos soles feraces, y todas las redondas lunas de agosto de dulce chinchÃn, debemos admitir esto: que los propios dioses no siempre están contentos. La imborrable triste marca de nacimiento en la frente del hombre sólo es el sello de la aflicción de los signatarios.