Moby Dick
Moby Dick Ni un solo hombre de la tripulación dejaba de darle por perdido; y, por lo que respecta al propio Queequeg, lo que pensaba de su caso se refleja forzosamente en un curioso favor que solicitó. Llamó a uno hasta él en la gris guardia de alba, cuando el día acababa de empezar a clarear, y tomando su mano, dijo que estando en Nantucket había dado en ver unas pequeñas canoas de madera oscura, similar a la rica madera de guerra de su isla nativa; y que al preguntar había averiguado que todos los balleneros que morían en Nantucket eran colocados en esas mismas canoas oscuras, y que la idea de ser así puesto en reposo le había agradado mucho; pues no era distinta a la costumbre de su propia estirpe, la cual, tras embalsamar a un guerrero muerto, le tendía en su canoa, y así le dejaban flotar hacia los estrellados archipiélagos; pues no sólo creen que las estrellas son islas, sino también que, mucho más allá de todos los horizontes visibles, sus propios dulces mares, carentes de continentes, entrefluyen con los cielos azules; y así forman los blancos rompientes de la Vía Láctea. Añadió que temblaba ante la idea de ser enterrado en su coy, según la usual costumbre del mar, volcado como algo vil a los tiburones devoradores de muerte. No: él deseaba una canoa como aquellas de Nantucket, más propias aún de él, siendo un pescador de ballenas, por carecer estas canoas-ataúdes de quilla, lo mismo que una lancha ballenera; aunque ello implicara incierto gobernar, y mucho abatimiento hacia las eras oscuras.