Moby Dick

Moby Dick

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

¡Pobre Queequeg! Tendríais que haberos inclinado sobre la escotilla cuando el barco estaba a medio destripar, y haberle mirado allí abajo; allí donde el tatuado salvaje, en sus calzones de lana, se revolvía entre esa humedad y ese cieno como un lagarto verde moteado en el fondo de un pozo. Y pozo o depósito de hielo, de algún modo resultó ser para él, pobre pagano; en el cual, extraño de decir, a pesar de todo el calor de sus sudores, cogió un frío terrible que degeneró en unas fiebres; y finalmente, tras algunos días de sufrimiento, le postró en su coy, cerca del mismo umbral de la puerta de la muerte. En qué modo se debilitó y debilitó cada vez más durante aquellos pocos y muy dilatados días, hasta que apenas pareció quedar de él nada más que su esqueleto y sus tatuajes… Mas aunque todo lo demás suyo adelgazó, y sus pómulos se volvieron más afilados, sus ojos, sin embargo, parecieron llenarse más y más; adquirieron una extraña suavidad de lustre; y desde su enfermedad te miraban dulce aunque profundamente, un portentoso testimonio de esa inmortal salud suya que no podía morir ni debilitarse. Y al igual que los círculos en el agua, que al atenuarse se expanden, así sus ojos parecían hacerse cada vez más redondos, como los anillos de la eternidad. Un miedo reverencial que no puede nombrarse te embargaba mientras te sentabas al lado de este agonizante salvaje, y veías en su rostro cosas tan extrañas como cualquiera de las observadas por los que estuvieron presentes cuando Zoroastro murió. Pues todo lo que es en verdad prodigioso y temible en el hombre, nunca aún ha sido puesto en palabras o libros. Y el acercamiento de la muerte, que todo lo iguala, lo imprime todo con una última revelación, que sólo un autor de entre los muertos podría adecuadamente contar. De modo que —digámoslo de nuevo— ningún caldeo ni ningún griego agonizante tuvieron pensamientos más elevados o más santos, que aquellos cuyas misteriosas sombras visteis arrastrarse sobre el rostro del pobre Queequeg mientras yacía sereno en su oscilante coy, y el bamboleante mar parecía mecerle gentilmente hacia su descanso final, y la invisible marea del océano le alzaba cada vez más alto a su destinado cielo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker