Moby Dick

Moby Dick

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Al escuchar los indignados aunque medio bien humorados gritos con los que la gente en cubierta comenzó a rechazar el ataúd, Queequeg, para consternación de todos, ordenó que el objeto le fuera llevado instantáneamente, y no hubo manera de negárselo; pues de todos los mortales, algunos hombres moribundos son los más tiránicos; y ciertamente, dado que pronto y por siempre nos molestarán tan poco, a los pobres hombres se les debe consentir.














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