Omu
Omu Como en la mayoría de los barcos de los Mares del Sur, en el Julia el «fogón» o cocina estaba instalado en el lado de babor del castillo de proa. Con la presión de las velas, y con aquella mar gruesa, la nave embarcaba al bajar la proa una y otra vez verdes olas cristalinas que, al romper por encima de los brazales, bañaban por completo esa parte del barco y la limpiaban hasta la popa. La «casa-fogón» —a la que se creía bien firme en su lugar— servía como rompeolas ante la inundación.
En estas ocasiones, Baltimore siempre vestía lo que él llamaba su «traje de huracán», compuesto, entre otras cosas, de un sueste y un enorme par de botas de mar bien engrasadas, que le llegaban casi hasta la rodilla. Equipado de este modo, ya fuera para salvarse o ahogarse según el caso, nuestro gran sacerdote culinario se arrastró hasta su resbaladizo templo, y allí ofició sus ritos tiznados en secreto.
Tanto miedo tenía el viejo de verse arrastrado por encima de la borda, que decidió atar un extremo de un cabo a su cinturón, enrollar el resto alrededor de la cintura, y usarlo si la situación lo exigía. Cuando tenía que salir, desenrollaba la cuerda, y aseguraba un extremo en el perno de un aro de cubierta; de ese modo, si un golpe de mar le hacía caer, no podría pasarle más que eso.