Omu
Omu LAS ISLAS CORAL
Cuánto navegamos hacia el oeste después de zarpar de las Marquesas, o cuál fue nuestra latitud y longitud en algún momento en particular, o cuántas leguas recorrimos en nuestro derrotero hacia Tahití son cosas sobre las que, siento decirlo, no puedo ilustrar al lector con precisión. Jermin, por sus funciones de navegador, llevaba el cálculo y, como he señalado antes, lo guardaba para sí. Al mediodía, sacaba su cuadrante, un instrumento viejo y herrumbrado, tan extraño que bien podría haber pertenecido a un astrólogo.
A veces, cuando estaba bastante perturbado por sus libaciones, se tambaleaba a través de la cubierta, con el instrumento aplicado al ojo, buscando el sol por todas partes, un elemento que cualquier observador sobrio podía ver justo encima de su cabeza. Cómo demonios conseguía, en algunas ocasiones, determinar la latitud es algo que no alcanzo a comprender. La longitud puede que la obtuviera por la regla de tres o por una revelación especial. No se podía decir que el cronómetro de la cámara no fuera de fiar, o que en algún sentido fuese inseguro; muy por el contrario, estaba bien fijo y por lo tanto, sin duda, la hora exacta de Greenwich —al menos cuando estábamos amarrados— se conocía al segundo.